jueves, 12 de noviembre de 2009

"3:33" (Cuento) Olberg Sanz



¨El tiempo es un movimiento entre dos instantes¨
Aristóteles.

¨La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente¨
Albert Einstein.

¨Estoy solo y no hay nadie en el espejo¨
Jorge Luis Borges.

3:33. Por Olberg Sanz.

1

El bullicio de la calle se coló por la ventana, entre las delgadas láminas de la persiana, y la arrancó de un sueño inquieto. El palpitar acelerado la impulsó a una búsqueda visual sin foco. Las luces de edificios aledaños y el despertador digital marcando las tres y treinta y tres de la mañana. Un diminuto bombillo oscilaba levemente de su cable, cual péndulo de reloj. El cenital abarcaba cierto espacio del edredón gris y alguna parte de la alfombra del piso. Se levantó hacia delante de la cama hasta quedar próxima al espejo oval. Con la iluminación paupérrima apenas vio el rímel corrido y un moretón en la frente. Se acomodó los bucles pelirrojos para ocultar la parte de la piel afectada. Apretó los dientes y se humedecieron sus ojos. La ira fue encendiéndose con un combustible evidente: ocurrió de nuevo y ella no recordaba por qué.
Encontró un picahielos hurgando en sus bolsillos. Ahora sí, fijó la mirada en la imagen virtual y entre dientes vociferó “esta vez sí lo haré”. Apartó la puerta de su paso y cruzó el umbral. Un pasillo estrecho y largo la esperaba fuera de la habitación. La penumbra se interrumpía con los reflectores de emergencia. Miró de soslayo hacia la izquierda, se quitó las lágrimas de los ojos y volteó hacia la derecha. Ése era el camino. Sus dedos con fiereza se ajustaron al picahielos, olvidando la gélida cerámica que sus pies soportaban.
Cada paso era una danza con los rulos carmines. Lo buscó en cada puerta del pasillo hasta dar con el apartamento trece. Sabía qué era ahí pero el pomo no colaboró con ella. La puerta estaba bajo llave. Sintió su presencia detrás de ella. Un poco tarde, apenas logró voltearse y encontrar a aquel hombre atinando sus nudillos en su frente, mientras le decía “no huyas, es tarde”. Derribada, buscó el picahielos mientras él forcejeaba para llevarla en dirección a la habitación. Desesperada, gritó y pidió auxilio mas la voz nunca resonó con la acústica de las paredes. Al fin, logró asir el picahielos y lo hundió en el hombre. Él, luego de tragarse el dolor, agarró la cabeza de ella y la estampó en el muro, provocando un estruendo tan fuerte como el choque entre dos autos. Abrió los ojos y el corazón acelerado la empujó a la hora. Otra vez, eran las tres y treinta y tres de la mañana.
2

Paulatinamente sus párpados se plegaron. La imagen difusa empezó a aclarar hasta encontrar arriba de ella el bombillo pequeño oscilando. Se sentó, se tocó la nuca y sentió una leve quemadura. Su cabeza había tocado la suerte de lámpara cuando el hombre la zumbó en el lecho de su habitación, dejando el vaivén del cable.
Trató de incorporarse al espejo pero la contusión que le dejó la confrontación en el pasillo, la dejó aturdida y cayó de rodillas. Torpemente, se ubicó frente al espejo y vio su maquillaje corrido. En el reflejo oval encontró detrás de ella, el reloj digital y justo al lado, la grabadora de mensajes y había un recado en la memoria. Apoyándose de la cama y de las puertas del clóset contiguo, bordeó el colchón hasta la mesa de noche. Separó un par de bucles para presionar el botón adecuado. El registro era del hombre: “Alicia, Alicia, Alicia… siempre jugando al cuento del mundo maravilloso, huyendo de la realidad. Te lo repito, no huyas que es tarde. Lo que te acaba de ocurrir es una advertencia, no entres a la habitación trece, no me obligues a deshacerme de ti. Un beso muñeca”.
Quitó algo de flujo nasal y lágrimas que se habían pegado de su cara y sintió la imperiosa necesidad de conocer el misterio de aquel departamento. Se acercó al llavero y sólo una llave guindaba de los tres ganchos. El rótulo rojo decía en tinta negra gruesa “13”. Revisó su bolsillo, y para sorpresa de ella, estaba el picahielos. Con llave y picahielos en mano, fue sin parar hacia el previo de la habitación trece.
No había nadie en todo el pasillo, así que apuró el paso hasta detenerse en la puerta con el número trece hecho en metal. Un hilo de silencio y supo que otra vez él estaba detrás ella, como la vez anterior. Sin mirar atrás se agachó rápidamente y justo a tiempo, aquel hombre incrustó el puño en la madera, tumbando el número tres de la puerta. Con increíble confianza, sintiendo que se repetía la escena casi de la misma manera, Alicia insertó el picahielos en la pierna de aquel que caía hacia atrás entre la ira y la impotencia de reponerse al instante. Desde el piso, fue pateado por ella quien con firmeza le dijo “Ahora huye tú, tienes tiempo Alfonzo”. Arrastrándose y con el picahielos hundido en la pierna, él se perdió al fondo del pasillo, lejos de la habitación que se quedaba con el número uno en su entrada.
Alicia entró con cautela y trancó la puerta. Al voltear, una luz le cegó la vista por unos instantes, hasta que pudo ver delante de ella. Era Alfonzo quien cerraba un poco la persiana porque el sol de verano estaba justo enfrente de la ventana. “Al fin llegaste amor, te esperé todo el día”, le decía utilizando un impecable traje blanco. “¿A mí?” –le responde Alicia- “Pero, no entiendo…”, “Tú siempre jugando, vamos te he preparado una sorpresa” se apresuró Alfonzo a replicarle mientras le tapaba la boca con un dedo.
La seda se enroscó formando una suerte de túnel con destino al placer. En el centro, descendiendo en caída libre, dos cuerpos sin vestimenta, arrastrando el sudor del otro con los dedos como arado a una tierra inhóspita. La carne se hizo vicio y los gemidos tomaron ritmo agitado. Pronto Alicia se sujetó de la espalda de Alfonzo y con una ínfima inspiración en boca abierta alcanzaba su pequeña muerte interna. La oscuridad la rodeó cuando volvió en sí. Estaba sobre su cama con edredón gris y con un severo dolor de vientre. Volteó a su izquierda y el digital parecía descompuesto, faltaba un “tres” en las tres y treinta y tres de la mañana. Al registrarse con las manos bajo el ombligo, halló sangre entre sus piernas.
3
Se tocó las caderas. Las sintió más cercanas a su ombligo. Apartó los vestigios de sangre y, no encontró heridas. Encontró justo a su izquierda, sobre la mesa de noche, un trozo de pan que pisaba una nota. El diminuto documento sólo decía en grafito “cómete esto para que mejores rápido. Mamá.” Con dos mordiscos acabó con el bocadillo, tenía hambre.
Cuando sus ojos encontraron el espejo, notó que el rímel no estaba corrido en sus mejillas. Violentamente se acercó al reflejo oval y halló una tierna piel detrás de sus rulos carmesí. Deslizó sus dedos por sus sienes hacia abajo, hasta doblar un poco sus labios. Su delgado cuerpo portaba una blusa celeste, como aquellas que usaba en bachillerato. Escuchó un ruido fuera de la habitación. Volteó la vista y la puerta estaba abierta. Llegó al largo y angosto pasillo. Avanzó hacia la derecha, donde creyó haber ubicado la fuente del sonido. Pronto estuvo en el previo de una habitación que sostenía el número uno y al lado, dos agujeros que sostuvieron otra cifra. La puerta estaba entre abierta, así que la empujó y al dar el siguiente paso, trastabilló al pisar el número tres con su pie desnudo y rodó tres veces cuarto adentro. Se incorporó rápido y se encontró frente a una ventana cuyas cortinas se abrieron para darle paso. “Alicia, ¿estás ahí?” entonó una tímida voz juvenil. Palpitó con fuerza el corazón en su pecho. Ésto lo había sentido antes. Se estrujó la camisa para contener la sensación y paulatinamente se acercó para divisar quién era el visitante en el nivel inferior. “Hola, ¿cómo estás bonita? No te molesto, ¿verdad?” El muchacho apenas podía mantener el hilo de voz y ella con tono muy agudo y altanero sólo dijo “Hola, dime.”. El apresuró a replicar “Hoy tres de marzo, traje esto para ti, espero te guste” y reveló un girasol que extendió hacia ella, quien casi no podía respirar con el duro y constante palpitar de su corazón. Sin pensarlo, sólo le chilló “¿Cómo te atreves Alberto? Lárgate, no vuelvas” y se corrió hacia el lavamanos a ocultar su rostro mientras las lágrimas brotaban sin control de sus ojos. No oyó más al joven en la entrada del edificio. Alicia volvió en sí, y regresó a la ventana sin esperanza. Aquel admirador se había marchado. Abrió el grifo y el agua se acumuló poco a poco mientras ella se deshacía de las lágrimas regaron el rimel. Sollozando, tosió hasta hallar su voz desgastada que dijo a sí misma “Siempre lo mismo… siempre jugando al cuento del mundo maravilloso, huyendo de la realidad… o del amor… ¿será posible que amar no duela tanto? Siempre lo mismo… te amo y no lo admito… Alfonzo eres Alberto, Alfonzo…” Tras estas palabras, sumergió su cabeza en el lavamanos tratando de quitarse todo pesar. Burbujas iniciaron su danza desde las fosas nasales que expiraban aire y conjugaron una máscara que no pudo ocultar la tristeza arrastrada desde el tres de marzo. Desinflada, Alicia alzó la cabeza, inspiró profundo y salpicó con agua el espejo. Débil, sostenida de sus manos frente al lavamanos, con un severo dolor que alcanzaba todo resquicio del alma, viró a su derecha y encontró su habitación de siempre, con la nocturna metrópolis tras las persianas, el bombillo pequeño oscilando en el techo y el reloj digital con marcando un solo ¨tres¨ de las tres y treinta tres de la mañana.
4
Oyó en la pared detrás de ella algo que se estrelló bruscamente, y se alejó rápido. Alzó la vista y no lograba enfocar claramente la ventana abierta y la persiana con vista a la ciudad. Estelas de figuras quedaban con el mínimo movimiento de su cuerpo. Escuchó un paso fuera de la habitación que golpeó sus tímpanos con todos los decibeles posibles, otro paso y otro paso y otro más. Uno más fuerte que el anterior, acercándose a la puerta de su habitación. Las manos en sus oídos no eran suficientes para aplacar el ruido, ya estaba tumbada en el piso por el alto volúmen. Un paso más y un fuerte choque de dos carros en la calle. La colisión se escuchó tan cerca que se cubrió con los brazos. Volvió a mirar fuera del baño, hacia la ventana y vio una silueta femenina cayendo sobre su cama con rulos rojos y el bombillo moviéndose de un lado a otro. Temblando, se incorporó sobre las rodillas para acercarse, restregó sus párpados, y vio con claridad que la cama delante de ella, estaba vacía.
Salió del baño viendo en todas direcciones y no había más nadie en el recinto. Alguien llamó a la puerta y los tres golpes en la madera sonaron tan duro como los pasos fuera del apartamento. Sangre quedó en las manos de Alicia al tratar de taparse los oídos, quería gritar mas el terror la tenía ahogada en el dolor. Caminó unos pasos atrás, se sentó en el borde del colchón, apoyó una mano detrás de ella y sintió algo que no era edredón. Era ella quien reposaba con sus bucles carmesí desordenados y la sangre se impregnaba en el vientre desde su mano. Se apartó, vio sus manos manchadas y al volver a su lecho, éste estaba vacío.
Tres golpes a la puerta esperaban respuesta, y aunque Alicia ya esperaba el volúmen anterior en aquel llamado, esta vez fue diferente. No se atrevió a atender. ¨Mi amor, estás ahí?¨, era el tono cálido en la voz de Alfonzo. ¨Vamos, deja el miedo. ¿No quieres verme?¨. Ella no respondió. Las lágrimas estaban regadas entre sus mejillas, sus pupilas y algunos mechones rojos sobre su rostro.
Prosiguió él ¨Siempre jugando al cuento del mundo maravilloso, huyendo de la realidad...¨ Alicia casi no podía respirar, esas palabras otra vez se conjugaban y el aire parecía desvanecerse alrededor de ella. La última frase que escuchó de Alfonzo, se perdía camino al silencio absoluto ¨no huyas que es tarde¨. Giró tres veces en sí misma buscando algo, además del reloj digital que sólo marcaba un tres y finalmente se encontró en el espejo oval. Ahí estaba de rodillas sobre la cama, con el cable del bombillo alrededor de su cuello, oscilando con el peso de su figura en dirección al espejo, aumentando las grietas con cada toque del cristal. El marco de madera envejecida, liberó las astillas de un espejo que descansó en pedazos sobre la alfombra. Alfonzo abrió la puerta y con un girasol en la mano entraba exclamando ¨Feliz cumpleaños Alicia! Hoy tres de marzo, traje esto para ti, espero te guste¨. La buscó en la cama, en el baño y no estaba. Sólo encontró en la mesa de noche un trozo de pan que acostumbraba dejarle su mamá con una nota diminuta, y justo al lado, un reloj digital que no marcó la hora.


Este cuento de género supenso, fue una asignación que desarrolló en varias sesiones de un Diplomado sobre Escritura Creativa que cursé en el Instituto de Comunicación y Creatividad (ICREA).





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